Llegamos a la cuarta entrega de La Butaca con la misma premisa que guía esta serie, el arte de actuar: la subjetividad honesta sobre el arte de la interpretación. No es una lista definitiva ni un veredicto universal. Es un recorrido por actuaciones que, a criterio de quien escribe, cambiaron la manera de entender el oficio del actor. Si no las han visto, es una buena excusa para hacerlo.
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Gena Rowlands en Una mujer bajo la influencia (1974) ofrece algo que el cine rara vez permite: una actuación sin red de seguridad. Bajo la dirección de John Cassavetes, Rowlands construye a Mabel Loghetti desde el amor desbordado y la desesperación por complacer, sin cortes que alivien la tensión, sin vanidad escénica. Antes de ella, el cine tendía a romantizar la inestabilidad mental o a usarla como recurso argumental. Rowlands devolvió la verdad de una enfermedad que lucha contra sus propios demonios. Su mayor herramienta no fue el diálogo: fue el silencio, las sonrisas forzadas y la mirada de una mujer que se ahoga ante todos.
El arte de actuar: cuando el personaje devora al actor
Marlon Brando en El Padrino (1972) es, posiblemente, la cima absoluta del cine del siglo XX. Con 47 años, Brando se transformó en un anciano desgastado por el peso de su imperio mediante una voz rasposa, movimientos pausados y una dignidad en la postura que el cine aún no termina de explicar. Lo extraordinario no es la transformación física sino lo que transmite: las contradicciones de la condición humana reunidas en un solo personaje que es, a la vez, un monstruo despiadado, un líder sabio y un padre amoroso. Su segundo Oscar fue apenas la certificación formal de algo que la pantalla ya había confirmado: Brando no interpretó a un personaje, creó un mito cultural.

Louise Fletcher como la enfermera Ratched en Atrapado sin salida (1975) construyó a la villana más odiada del cine desde una perspectiva casi gerencial. Su sala psiquiátrica es una organización donde el poder se ejerce mediante el control de los horarios, la medicación y la información. La técnica de Fletcher es la contención absoluta: postura estática, mirada penetrante y un tono de voz suave y maternal que genera una disonancia perturbadora en el espectador mientras destruye la autoestima de los pacientes. Demostró que las actuaciones más impactantes a menudo provienen de la sutileza, y que el mal puede operar a plena luz del día, amparado tras un escritorio y una sonrisa de cortesía profesional. Si quiere saber más sobre este arte de actuar lee mi columna: El arte de actuar (segunda parte)
Pacino, Streep y De Niro: tres lecciones de técnica pura
Al Pacino en El Padrino I y El Padrino II merece analizarse como una sola actuación extendida, porque cada película retroalimenta a la otra. En la primera, Pacino muestra a un joven que rechaza su herencia mediante una postura abierta que se va cerrando a medida que el personaje cruza sus propios límites morales. No usa el diálogo para mostrar el conflicto interno: usa los ojos. En la segunda, actúa desde la implosión. Michael Corleone ya tiene poder absoluto pero está consumido por la paranoia, y Pacino lo traduce en una frialdad que absorbe toda la energía de cada escena sin emitir nada. Que no haya ganado el Oscar en ninguna de las dos sigue siendo una de las grandes injusticias de la Academia.
Siguiendo con uestra columna: El arte de actuar, grandes interpretaciones del cine, tenemos que Meryl Streep en La decisión de Sophie (1982) es, posiblemente, la actuación más grande de cualquier actriz en la historia del cine. El dominio lingüístico es apenas el punto de partida: Streep no imitó un acento, construyó la fonética compleja de una inmigrante polaca hablando inglés vacilante y, en los flashbacks, una polaca hablando alemán. Pero el idioma no es el logro mayor. Lo extraordinario es cómo altera su fisicalidad cuando la película retrocede hacia Auschwitz: se despoja de toda luminosidad y muestra a una mujer demacrada, encogida, operando únicamente desde el instinto de preservación. Es un estudio monumental sobre la culpa y la memoria como instrumento de destrucción.
Robert De Niro en El Padrino II enfrentó un riesgo descomunal: interpretar a un Vito Corleone joven apenas dos años después de que Brando lo convirtiera en leyenda. De Niro no lo imitó; hizo ingeniería inversa sobre la actuación de Brando, capturando la cadencia, las pausas y el inicio de esa voz rasposa, pero infundidos con la vitalidad de la juventud. Pasó meses en Sicilia perfeccionando el dialecto de la región, y casi toda su actuación transcurre en un idioma extranjero. El resultado fue histórico: Vito Corleone se convirtió en el primer personaje por el que dos actores distintos ganaron un Oscar.
Todavía queda camino por recorrer en esta serie. Los invito a ver estas películas y a dejarse sorprender por lo que el oficio del actor puede lograr cuando se ejerce sin concesiones.





