Cuando la enfermedad intenta convertirse en identidad

Tenay Santos
Médica especialista en Medicina Natural y Tradicional con enfoque integrativo. Experta en manejo del dolor y terapias complementarias dedicadas a optimizar la salud y el bienestar preventivo.

Enfermedad e identidad: hay enfermedades que llegan al cuerpo, otras llegan a la mente. Algunas permanecen durante semanas; otras, durante años. Algunas aparecen de manera inesperada y desaparecen; otras se convierten en compañeras de una parte importante de nuestra vida. Pero existe un riesgo menos visible, y quizá más profundo: que una enfermedad deje de ser una condición que padecemos y termine ocupando un lugar que no le corresponde en la definición de quiénes somos.

Una persona puede tener diabetes, fibromialgia, glaucoma, depresión, esclerosis múltiple, migraña o dolor crónico. Puede atravesar un cáncer, una enfermedad autoinmune o una condición neurológica. Puede estar viviendo con una limitación permanente o recuperarse después de un episodio agudo. Todo eso forma parte de su historia. Puede modificar su rutina, sus proyectos, sus relaciones y hasta la manera en que percibe su propio cuerpo, pero ninguna de esas circunstancias constituye, por sí sola, la totalidad de una persona. Porque hay una diferencia enorme entre decir «yo tengo una enfermedad» y comenzar a pensar que esa enfermedad es la mejor explicación de todo lo que somos. Te puede interesar: Electroacupuntura: una analgesia libre de fármacos es posible

Estigma: cuando la mirada ajena pesa más que el diagnóstico

Aquí aparece un concepto fundamental: el estigma. No siempre llega en forma de discriminación evidente; a veces aparece en una mirada, una duda o una frase aparentemente inocente como «pero no pareces enfermo», «todo está en tu cabeza» o «tienes que aprender a vivir con eso». También puede aparecer cuando se cuestiona la capacidad de una persona para trabajar, relacionarse, decidir o participar, simplemente porque existe un diagnóstico. Cuando estas ideas se repiten, pueden terminar siendo interiorizadas. La persona ya no solo enfrenta una enfermedad, sino que comienza a mirarse a sí misma a través de ella.

Y ahí ocurre algo particularmente importante en la relación entre enfermedad e identidad: el diagnóstico deja de ser una descripción médica y empieza a convertirse en una etiqueta que condiciona la percepción de uno mismo y la mirada de los demás. La investigación sobre enfermedades crónicas, y particularmente sobre dolor persistente, ha encontrado asociaciones entre el estigma y una mayor intensidad del dolor, discapacidad y síntomas depresivos. Esto no significa que el estigma sea, por sí solo, la causa de estos problemas. Significa que la experiencia de enfermar no ocurre exclusivamente dentro del organismo: también está influida por el entorno social, por las expectativas de los demás y por la manera en que interpretamos nuestra propia experiencia.

Neuroplasticidad: el cerebro también cambia con la experiencia

En otras palabras, el cuerpo enferma, pero la persona vive la enfermedad. Aquí entra otro concepto fascinante: la neuroplasticidad. Durante mucho tiempo imaginamos el cerebro como una estructura prácticamente fija, y hoy sabemos que no es así. El cerebro cambia con la experiencia, el aprendizaje, el contexto y la adaptación. Las conexiones neuronales pueden modificarse a lo largo de la vida. En el dolor persistente pueden producirse cambios en los sistemas cerebrales y nerviosos que participan en su procesamiento y regulación. Por eso, el dolor crónico no puede entenderse simplemente como una señal física que lleva demasiado tiempo encendida.

Es una experiencia mucho más compleja, en la que interactúan mecanismos biológicos, emociones, pensamientos, aprendizaje, comportamiento, sueño, experiencias previas y contexto social. Esto no significa que el dolor sea imaginario ni que dependa exclusivamente de la voluntad. Todo lo contrario: significa que la experiencia del dolor es real y biológicamente compleja.

El lenguaje que separa la enfermedad de la identidad

Comprender esta complejidad también debería cambiar nuestra manera de hablar sobre las enfermedades, porque «aprender a vivir con una enfermedad» no debería convertirse en una frase rígida, como si solo existiera esa posibilidad: aceptar, soportar y continuar. Aprender a vivir con una condición puede significar muchas cosas: adaptar nuestras rutinas, buscar tratamiento, rehabilitarnos, modificar expectativas, descubrir nuevas capacidades o encontrar otras formas de participar en aquello que consideramos importante. Puede significar también pedir ayuda, establecer límites, aceptar que algunas cosas cambiaron sin aceptar que todo terminó.

Adaptarse no es rendirse. Aceptar una condición tampoco significa entregarle el control de nuestra vida. Una persona con una enfermedad crónica sigue siendo madre o padre, hijo, amigo, profesional, pareja, artista, estudiante, trabajador, ciudadano. Sigue teniendo recuerdos, deseos, conocimientos, humor, proyectos, contradicciones y capacidad de aprender. El diagnóstico explica una condición, mas no explica a la persona.

Quizá por eso también deberíamos revisar algunas de las palabras que utilizamos. No es lo mismo decir «es diabético» que «tiene diabetes». No es lo mismo decir «es depresivo» que «vive con depresión». El lenguaje contribuye a construir la manera en que pensamos sobre los demás y sobre nosotros mismos. Una enfermedad puede modificar nuestro cuerpo, nuestro cerebro, nuestras rutinas e incluso la manera en que nos relacionamos con el mundo, pero no debería tener el derecho de presentarnos antes de que lo hagamos nosotros.

Más allá del diagnóstico

La medicina puede describir síntomas, mecanismos, diagnósticos, pronósticos y tratamientos. Puede identificar alteraciones en un órgano, una célula o una red neuronal. Pero ninguna historia clínica contiene la totalidad de una persona. Quizá el desafío no sea únicamente aprender a vivir con una enfermedad, sino construir una vida que esa enfermedad no defina por completo.

Construir una vida en la que el diagnóstico tenga un lugar, pero no todos los lugares. Porque una enfermedad puede formar parte de nuestra historia. Puede acompañarnos durante meses o durante décadas. Puede cambiar muchas cosas. Pero la identidad es mucho más amplia que un diagnóstico: el estigma no debería escribir nuestra historia, y la neuroplasticidad nos recuerda que nuestro cerebro tiene capacidad de cambio y adaptación. Una enfermedad puede formar parte de quiénes somos, pero no tiene por qué convertirse en nuestra identidad. Al final, la relación entre enfermedad e identidad no está escrita de antemano: cada persona tiene margen para decidir qué lugar le da. Te puede interesar: Más allá de los protocolos: el arte humano detrás de curar

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