En este decimocuarto día de ofensiva, la distancia entre Washington y Teherán no se mide solo en kilómetros o en capacidad de fuego, sino en la naturaleza misma de su puesta en escena. Mientras el Pentágono sobreexpone su fuerza, la República Islámica se refugia en el misterio de un líder que, por ahora, es solo una voz en off.
Pete Hegseth, secretario de Guerra de EE.UU., adoptó recientemente una retórica que trasciende lo militar para entrar en lo personal y al lado más psicológico. Al calificar en las últimas horas a Mojtaba Jameneí como un líder «herido» y «desfigurado». Washington no solo busca informar sobre el éxito de sus ataques; busca despojar al nuevo Líder Supremo de su aura mística y sagrada.
En la cosmología política de Irán, la figura del Líder Supremo es el eje de la unidad nacional y religiosa. Presentarlo ante el mundo como un hombre físicamente roto y escondido tras comunicados escritos es una maniobra de guerra psicológica diseñada para fomentar la insurgencia interna. Hegseth no solo atacó la capacidad operativa de Irán; atacó su legitimidad, recordándole al pueblo persa las cicatrices de las protestas del año pasado. Para la Casa Blanca de Trump, Irán ya no es una amenaza existencial, sino un «tigre de papel» en plena desintegración.
La estrategia de Teherán:
Del otro lado, el contraste es absoluto. La decisión de Mojtaba Jameneí de no aparecer en video ni emitir audios no es necesariamente un signo de debilidad física, como sugiere el Pentágono, sino que puede responder a la tradición del martirio y la resistencia. En un contexto donde la aviación iraní ha sido aniquilada y sus defensas aéreas son inexistentes, la imagen de la bandera y la foto fija en la televisión estatal operan como un símbolo de inmutabilidad.
Sin embargo, el mensaje es peligrosamente pragmático: el cierre del estrecho de Ormuz. Irán sabe que, ante la superioridad técnica de la coalición Washington-Israel, su única carta es el caos económico global. Al amenazar el paso del 25 % del comercio mundial de hidrocarburos, Teherán intenta transformar una derrota militar total en un empate catastrófico para Occidente. Es la «venganza de la sangre de los mártires» traducida a precios de barril de petróleo.
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La realidad detrás de la propaganda:
A pesar de la confianza de Hegseth y el General Dan Caine, la guerra muestra sus costuras. La mención a los militares fallecidos en el avión cisterna KC-135 y los once estadounidenses muertos desde el inicio de la ofensiva recuerdan que, incluso un «tigre de papel», conserva garras capaces de herir.
La eficacia de la coalición es indiscutible desde el punto de vista técnico —superar los 1.000 objetivos diarios es una proeza logística sin precedentes—, pero el éxito político sigue siendo una incógnita. ¿Puede una nación ser gobernada por un fantasma herido? ¿Puede una superpotencia declarar la victoria mientras el principal pulmón energético del mundo permanece bajo amenaza de asfixia?
Estamos ante un cambio de paradigma en Oriente Medio. La destrucción de la infraestructura iraní parece irreversible, pero la «legitimidad» de la que habla Hegseth no se construye solo con bombas. Mientras EE.UU. celebra la superioridad técnica, Teherán apuesta a que el costo humano y económico de la guerra termine por agotar la paciencia del electorado estadounidense.
El mundo observa no solo quién dispara más, sino quién logra sostener su relato cuando el humo de las explosiones finalmente se disipe.





