¿Quién paga esto?

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Héctor Badillo
Escritor. Director del Instituto Universitario de Seguros. Abogado. Doctor en Ciencias Gerenciales. MSc en Negociaciones Económicas Internacionales. Experto en Mercantil y Laboral.

Venezuela tras el terremoto: los terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela movieron la tierra y resquebrajaron la ilusión de estabilidad de un país que se maneja sin ninguna red de seguridad. Estos eventos que se padecieron en el país, desnudaron una realidad que muchos preferían ignorar: la absoluta desprotección financiera frente a la catástrofe.s

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Una economía de pura supervivencia

Venezuela antes de los terremotos presentaba una economía débil y de prolongada contracción macroeconómica. El Producto Interno Bruto (PIB) se encontraba comprimido a un valor aproximado de 100.000 millones de dólares. Es decir, tenía una economía de pura supervivencia con una inflación que cerró el año 2025 en un 600% y un 68% de hogares ahogados en la pobreza. El país recibió el impacto sin músculo financiero adecuado. La pregunta que subyace entre los escombros es cruel pero necesaria: ¿quién paga esto?

El colapso del sistema de transferencia de riesgos

Bajo el prisma de la ortodoxia financiera y en una economía funcional, las coberturas por daños materiales y lucro cesante son la primera línea de contención frente a eventos como el del 24 de junio, diseñadas con criterio técnico para absorber el impacto sobre la infraestructura comercial, industrial y residencial. Pero en Venezuela, la exposición prolongada a ciclos de hiperinflación y devaluación permanente desmanteló la capacidad de transferencia de riesgos.

Para nadie es un secreto la urgencia de priorizar la liquidez inmediata para la subsistencia, tanto para las empresas como los ciudadanos. Muchas familias venezolanas hicieron recortes en sus presupuestos; en ese sentido, la prima del seguro patrimonial fue el primer gasto en extinguirse. Muchos contratos de seguros rozaban la irrelevancia estadística, y en medio de nuestra economía, las pólizas que debieron actuar como un amortiguador —protegiendo la industria, la familia y el comercio— los años de una economía de guerra las convirtieron en un instrumento marginal.

El infraseguro y el shock de 6.700 millones de dólares

Venezuela tras el terremoto:incluso los que lograron mantener sus pólizas hoy están ante una realidad que va directamente hacia el terreno del infraseguro: propiedades amparadas bajo valores irreales, con sumas aseguradas que no cubren ni una mínima fracción de lo que cuesta importar materiales o reponer maquinaria. Estuvimos en el desierto mirando el oasis hipnótico de la falsa sensación, una especie de efecto de «fata morgana» que nos brindó una prosperidad que jamás existió.

Las industrias que aseguraron sus galpones y equipos lo hicieron basándose en valores de mercado deprimido, y no por su verdadero valor de reposición. Eso nos lleva a la terrible realidad del shock sistémico de 6.700 millones de dólares, que ningún mercado asegurador nacional puede soportar, mucho menos el mercado venezolano que está descapitalizado.

Venezuela tras el terremoto: el Estado sin caja ni crédito

El mercado privado está fallando a esta escala. La teoría dicta que el Estado debe fungir como asegurador de última instancia, se necesita inyectar fondos masivos para el rescate de la infraestructura. Solo que el Estado venezolano carece de caja y de crédito. Arrastra, como los malos personajes de las novelas de vaqueros del día domingo, una bola y grillo de una deuda externa en default estimada en 240.000 millones de dólares, sumada al deterioro institucional. Ni la época de los Monagas en el siglo XIX había sacudido al país a niveles de subsuelo.

Lo que haría falta para que la reconstrucción sea real

Lo que sí está claro es que la recuperación no llegará administrando la escasez ni repartiendo subsidios como loco, ni de manera discrecional. Esto se logra estabilizando la moneda, resolviendo el default externo y creando un marco normativo que permita el retorno inmediato de un Estado de derecho adecuado para la ayuda internacional. Sin esa seguridad, todo esfuerzo caerá en saco vacío y con una perspectiva más gris de la que estamos padeciendo.

Existen puntos claros e indirectos que podrían ser más prolongados y profundos. Entre ellos la afectación comercial y el posible acopio nervioso de la población que recae sobre los precios. No se puede ignorar que los terremotos funcionan como un acelerador en una economía débil, esperando que el gobierno no recurra a la emisión monetaria de emergencia para cubrir gastos; eso dinamitaría el mercado cambiario.

¿Quién financia una reconstrucción de magnitud bíblica?

Pocos expertos se han atrevido a señalar quién financia una reconstrucción de esta magnitud, sobre todo cuando pesa la titánica tarea de reestructurar una deuda externa estimada en 240.000 millones de dólares, alejando los planes que hubo en un principio para una resolución ordenada hacia el próximo año de 2027. De igual manera, la destrucción de hogares desplaza el consumo casi exclusivamente hacia bienes de primera necesidad. Sectores como el inmobiliario deberán realizar reasignaciones defensivas de capital, elevando los costos de reposición. El panorama es complicado si se le añaden los damnificados laborales.

Al momento de escribir este artículo, las medidas anunciadas por el ejecutivo transitan entre la insuficiencia y la ambigüedad. Los 200 millones de dólares anunciados como fondo inicial de emergencia representan una fracción marginal frente a la brecha verdadera de financiamiento. Solo serán efectivas las acciones si se logra disciplina monetaria estricta, apertura a la inversión nacional y extranjera, reconstrucción acelerada de los servicios públicos, garantías absolutas a la propiedad privada y desmontar los controles estatales.

Existe el temor de que la emergencia sea utilizada como excusa para centralizar aún más los recursos, repartir fondos sin orden ni discernimiento y postergar reformas institucionales de fondo. Las medidas actuales son inocuas; se estaría condenando al país a un ciclo mayor de dependencia, inflación reprimida y paralización absoluta de su posible crecimiento.

Desde luego hay que colocar los ojos en una reconstrucción sin caja, entender la brecha real entre los daños valorados, la liquidez del Estado y el acceso a líneas de crédito. Determinar si los fondos externos se destinarán a una reconstrucción productiva o se alimentarán las redes de clientelismo en medio de una situación compleja y bizarra como la venezolana.

Venezuela tras el terremoto:¿Qué harán los mercados? ¿Qué harán las empresas de seguros? ¿Qué harán los bancos? ¿Qué harán los ciudadanos? Miles de preguntas que por los momentos no iluminan las sombras de una larga oscuridad en el horizont

Gracias por leerme.

Héctor Badillo
Director del Instituto Universitario de Seguros
Director General de IUSRADIO
iuseguros.com.ve | iusradio.com.ve

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